De Nueva Orleans a Baltimore: un viaje por el sur de Estados Unidos

Para L., mi hermano, cantante de rancheras y magnífico compañero de viaje

 

El sur, dicen, es un estado de ánimo, un lugar tan geográfico como sentimental. Para nosotros, los españoles, la idea del sur representa a menudo un ritmo pausado, una actitud despreocupada y proclive a disfrutar de la vida. Por algo dice la cantinela que «para hacer bien el amor hay que venir al sur», ¿no? Diría que a los estadounidenses les ocurre algo parecido, que su sur suele evocar gentes relajadas, amigables y acogedoras. Además, tanto en España como en Estados Unidos, las regiones meridionales presumen de una cultura muy rica y característica: si nuestro sur es la cuna del flamenco, el suyo vio nacer el jazz y el blues; si Andalucía es la tierra de la manzanilla y el pescaíto frito, en el «Deep South» de Estados Unidos reinan el bourbon y la barbacoa. Podría continuar y decir que las cañas previas a la corrida de toros son en Sevilla lo que el tailgating (una especie de botellón en los maleteros de los coches) de antes de los partidos de fútbol americano universitario en Alabama, pero sería mucho tirar de tópicos y ustedes ya captan el símil.

(…)

El sur de Estados Unidos tiene una deleznable historia de esclavitud, violencia y discriminación contra su población negra. Lamentablemente, este legado racista, que también existe en el norte, no ha sido extirpado por completo. Es igualmente innegable que el Deep South, la región económicamente menos desarrollada del país, es especialmente proclive, aunque no en solitario, a una cierta manera de entender el ultraconservadurismo social y político de lo más cerrada e intolerante. No obstante, tras haber recorrido todos los estados de este «sur profundo», en un serpenteante viaje por carretera desde Nueva Orleans hasta Baltimore, puedo dar fe de su atractivo y diversidad, de la simpatía y hospitalidad que abunda entre su gente y de la vitalidad y riqueza de su cultura, de la que están merecidamente orgullosos. Esto es lo que vi, hice y aprendí por el camino:


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Un aprendiz de hipster en Brooklyn

Si Brooklyn fuera una ciudad independiente, sería la cuarta por población de Estados Unidos. De hecho, lo fue hasta 1898, y en cierto modo, lo sigue siendo hoy día, con su personalidad diferenciada de los otros cuatro boroughs de Nueva York, su impenitente orgullo de barrio y sus atracciones únicas. Brooklyn tiene su propio museo de arte, el Brooklyn Museum, con una magnífica colección que abarca desde el antiguo Egipto hasta Monet; su propio espacio verde a modo de remanso de paz en la jungla urbana, Prospect Park, que nada tiene que envidiar a Central Park (desde luego costaría dilucidar cuál de los dos parques cuenta con los corredores con accesorios más conjuntados); y por tener, desde el año pasado tiene incluso su propio equipo de la NBA, los Brooklyn Nets.


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De orgullo y aliados

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Edith Windsor (Max Vadukul/The New Yorker)

Algunos se sienten orgullosos de ser españoles. O catalanes, o nepaleses. Hay gente que se define como “orgulloso seguidor del Real Betis Balompié”. Creo que el orgullo está más justificado en otro tipo de casos, en los que, más allá del azar, hay un esfuerzo y un legítimo mérito que reivindicar: el orgullo de cumplir con tu responsabilidad, el de superar un obstáculo, el de formar a tus hijos en ciertos valores humanos universales. Pero, oye, allá cada cual con sus orgullos.

Hay también un tercer tipo de orgullo, que tiene algo de los dos anteriores: por un lado, el orgullo de ser quien eres, que al fin y al cabo no es sino producto del azar, genético o social. Y por otro, el orgullo por un esfuerzo, por una lucha perseverante frente la adversidad. Ambos componentes se fusionan, convirtiéndose el orgullo en una reivindicación de lo que uno es y en una declaración de soberanía personal frente a los estigmas que a veces pretende imponer el mundo exterior. El Orgullo Gay, o LGBT, pertenece a esta modalidad de orgullo.

El pasado mes de junio se celebró en todo el mundo el Mes del Orgullo LGBT, en conmemoración de los disturbios de Stonewall. En Estados Unidos, donde vivo, las celebraciones fueron especiales este año por la histórica decisión del Tribunal Supremo, el pasado 26 de junio, de declarar inconstitucional la ley que, a nivel federal, limitaba el matrimonio a la unión de un hombre y una mujer. La sentencia del Supremo (en la que Edith Windsor, en la foto, ejerció de demandante) vino a sellar legalmente el espectacular vuelco que se ha producido en la opinión pública estadounidense en los últimos años a favor de la aceptación del matrimonio entre personas del mismo sexo.

A este cambio de mentalidad han contribuido de manera decisiva numerosos e infatigables activistas LGBT, pero también sus “aliados”. Es una expresión que se usa muy a menudo en Estados Unidos para referirse a los heterosexuales que son abierta y activamente favorables a las reivindicaciones de la comunidad gay. Me gusta mucho el concepto, porque transmite una idea de solidaridad humana muy hermosa, más allá de aparentes diferencias. Superar las discriminaciones es más sencillo cuando no estás solo y, en este sentido, me siento orgulloso de ser un aliado de la comunidad LGBT.

También me siento orgulloso como español (esto no lo digo mucho últimamente, pero en este caso está justificado) de que España, en 2005, tuviera el mérito de ser uno de los países pioneros en la legalización del matrimonio entre homosexuales, gracias a la iniciativa del gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero. Digo mérito porque no otra cosa es promover la libertad y la igualdad frente a la discriminación y el prejuicio.

Hoy, 13 países (más algunos estados de México y Estados Unidos) permiten el matrimonio entre personas del mismo sexo. Uruguay, Nueva Zelanda, Inglaterra y Gales están a punto de unirse a la lista. Aunque aún queda mucho por hacer: en muchos países (especialmente de África, Oriente Medio y Asia Central, pero no exclusivamente) los homosexuales son perseguidos, agredidos, encarcelados e incluso asesinados.

A pesar de todo, el avance general en cuanto a aceptación e igualdad es, afortunadamente, innegable. Hace tres semanas, participé en una carrera en Nueva York para celebrar el Orgullo Gay. Antes de dar el pistoletazo de salida, el director del club que la organizaba, Front Runners of New York, explicó la historia de la asociación: empezó en 1979, cuando un grupo de miembros de la comunidad LGBT de la ciudad se juntó para correr juntos en Central Park. En los primeros años, eran sólo un puñado de personas. Como si fueran apestados, nadie se atrevía a correr con ellos, por miedo a ser identificado como homosexual. Otros corredores miraban para otro lado al verlos pasar.

El 29 de junio pasado, 34 años después, 5.574 personas, orgullosos miembros de la comunidad LGBT y orgullosos aliados, sin distinción de orientación sexual, corrimos juntos, hombro con hombro, por la convivencia y la igualdad de derechos.