(Anti)mourinhismo

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José Mourinho (www.chelseadaft.org)

Compañeros madridistas, tomando en cuenta los últimos sucesos en el Real Madrid, quisiera preguntar, me urge, qué tipo de adjetivos se deben usar para hacer el esbozo de un entrenador sin que se haga sentimental, fuera de la vanguardia o evidente panfleto. Si debo usar palabras como “imagen del club”, “independencia del entrenador” y “(anti)mourinhismo”.

Acudo en auxilio a Silvio Rodríguez y su ‘Playa Girón’ para arrancar, pues ¿qué decir del que todo se ha dicho? Acaso fuera mejor callar: el peligro de tropezar con las consignas tantas veces oídas acecha implacable. Pero no me resisto a afrontarlo. Mourinho tiene el morbo de los bandidos, la atracción del lado oscuro.

Ahora que Florentino Pérez acaba de anunciar que el Darth Vader de Setúbal abandonará el Real Madrid a final de temporada, me vienen a la memoria unas imágenes de su despedida del Inter de Milán. Recuerdo un abrazo emocionado, paternofilial, entre el portugués y el patibulario Materazzi, ambos llorando como magdalenas. Era la mejor prueba —se decía— de que, a pesar de todos los odios que despertaba, Mourinho se iba de los clubes con el cariño unánime de sus jugadores, al fin y al cabo los que mejor debían de conocerle.

Resulta que en esto el Real Madrid va a ser, como en tantas otras cosas, un club especial. Casillas, el capitán, no es que no vaya a abrazar al entrenador en su despedida, es que hace tiempo que no le habla. Cristiano Ronaldo, la estrella del equipo, tampoco parece que vaya a llorar su marcha, tras dedicarle hace unos días un muy ibérico “fódase”. Pepe, otro compatriota y antaño escudero fiel, también ha acabado, cual Edipo, por renegar de su “padre”. Para entender estas dinámicas y saber si hablan mal de dichos jugadores, su ego y sus circunstancias personales, habría que estar en el vestuario. Pero desde luego no hablan bien de Mourinho.

Ciertamente, es el de Setúbal un tipo en ocasiones pendenciero y marrullero, que no busca agradar, sino con frecuencia todo lo contrario. Si no hubiera sido entrenador de fútbol podría haber sido un pandillero tatuado y suburbial —que diría Sabina— o un roquero maldito que cantara, a lo Loquillo, eso de “no vine aquí para hacer amigos”. En todo caso, a lo largo de su carrera ha tenido unos cuantos gestos feos —alguno reconocido por él mismo— y es comprensible que a tantos caiga antipático. Y sin embargo… también ha dejado allá por donde ha pasado una legión de apasionados seguidores. En el Chelsea están deseando que vuelva ‘The Special One’ y en el Real Madrid basta darse un paseo por las redes sociales para comprobar las adhesiones inquebrantables que despierta.

Podría pensarse que en el terreno de los números y resultados futbolísticos el juicio a Mourinho podría ser más objetivo, pero ni por esas. Nada es pacífico con él. Haciendo un repaso rápido a sus tres temporadas en Chamartín, ganó una Liga de manera espectacular, con récord histórico de puntos, goles y victorias, pero perdió otras dos ante el Barcelona. Le ganó al equipo de Guardiola una Copa en la prórroga y perdió otra de la misma manera ante el Atlético. Y lo más importante, la Liga de Campeones: unos subrayan, con razón, que devolvió al equipo al lugar que le corresponde, al alcanzar las semifinales tres veces seguidas tras siete años cayendo antes de tiempo. Otros, también con razón, que no consiguió el objetivo de levantar la ‘Orejona’.

¿Se puede calificar este balance de éxito? No. ¿Es por tanto un fracaso? En un mundo binario, sí. Pero el mundo del fútbol es más complejo que todo eso y creo que es justo valorar el contexto: Mourinho llegó en un momento muy delicado, en el que el Real Madrid corría el riesgo de pasar una larga travesía del desierto ante el mejor Barcelona de la historia. Se evitó el desierto, pero no se alcanzó el paraíso. En todo caso, los próximos años nos darán una mayor perspectiva para juzgar el trienio ‘mourinhista’, en función de cómo lo haga(n) su(s) sucesor(es). Y esta es una tarea que nos corresponde primordialmente a los madridistas, sin prestar más atención de la necesaria a las legítimas opiniones de periodistas que a menudo tienen sus fobias e intereses personales o, mucho menos, de seguidores de otros equipos. Para cerrar con la misma canción con la que arranqué, que escriban pues la historia, su historia, los madridistas.

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