Primero de octubre

Parlem?

Cartel colgado por la agencia de publicidad Sra. Rushmore en su oficina de la Gran Vía en Madrid (Twitter: @Panchovarona)

Este primero de octubre de 2017 quedará registrado para siempre en la historia de la infamia. Qué día tan triste, lamentable, desastroso y, además, absurdo. Para todos.

Lo primero: ojalá se recuperen rápida y absolutamente todos los heridos. Y es imperativo que rindan cuentas los individuos de la policía que han hecho un uso indebido de la fuerza; los que han perdido la serenidad y han propinado patadas y porrazos brutales, horribles e injustificados a manifestantes pacíficos deben pagar por sus vergonzosos e ilegales actos.

Segundo: la gran mayoría de los policías que estaban en Catalunya hoy han cumplido con su deber, pues se ha desarrollado allí una rebelión multitudinaria contra la ley; un levantamiento público (aunque esencialmente no violento, sí hostil) contra los poderes del Estado, con el fin de derrocarlos, tramado y puesto en práctica por una parte del mismo Estado; un golpe de Estado dirigido por el Govern y sus aliados en el Parlament.

Tercero: como es lógico, pues es su obligación respetar y hacer respetar la ley, los poderes ejecutivo y judicial del Estado afectado, que es España, han tratado de impedir este golpe contra el orden constitucional. La respuesta del Estado ha sido torpe y contraproducente por momentos (el desafío era mayúsculo) y tristemente su implementación sobre el terreno ha devenido en algunos comportamientos reprobables. Ahora bien, es innegable que el Estado tenía justificación para actuar y era oportuno que lo hiciera.

Cuarto: exactamente la misma obligación de respetar y hacer respetar la ley recae en el insensato president de la Generalitat, su administración y sus aliados parlamentarios: estos no solo la han incumplido con absoluta desvergüenza, sino que lo han hecho con temeridad, incitando a la población de Catalunya a la rebelión. Tamaña irresponsabilidad deslegitima a Carles Puigdemont y demás líderes de esta grotesca farsa, que deben dimitir inmediatamente.

Quinto: la ley es primordial en un Estado de Derecho como España (es asombroso que haya que recordarlo), pero los argumentos contra la secesión de Catalunya van más allá de la ley. El pueblo catalán no está oprimido, sino todo lo contrario: disfruta de libertad y amplio autogobierno. En casos como este, no existe el derecho de autodeterminación, entendido como derecho a la secesión. Ni existe ni debe existir, porque no tiene justificación moral. Lo explica con detalle el catedrático de filosofía de la Universidad de Yale Allen Buchanan en su ensayo ‘Secesión’.

Sexto: además de lo anterior, hay que recordarles a los secesionistas catalanes, que se llenan la boca hablando de democracia, que como bien explica Buchanan “la noción correcta de democracia no es la del puro y simple gobierno de la mayoría (…), sino más bien la de democracia constitucional, la cual incluye (…) disposiciones constitucionales diseñadas para garantizar que la voluntad de la mayoría no haga quebrar la propia democracia.” Y precisamente esto pretenden los líderes del movimiento secesionista catalán: quebrar la democracia. ¡Sin ni siquiera representar a la mayoría de la ciudadanía catalana! En la primera farsa que pusieron en escena, el “proceso participativo” del 9 de noviembre de 2014, no lograron que participara más que un 37,02% del electorado. Después convocaron elecciones al Parlament para el 27 de septiembre de 2015; dijeron que se trataba de un plebiscito sobre la secesión y, según su propio argumento, lo perdieron: se quedaron en el 47,8% de los votos, 159.333 menos que los obtenidos por los partidos políticos no secesionistas. Según Artur Mas, aquellas elecciones iban a ser la “consulta definitiva”. Pero luego los líderes secesionistas idearon el 1-O, por lo que parece que hasta que no se salgan con la suya nada es definitivo. Y de esto se trata, de salirse con la suya, de alcanzar una quimera que se pone por delante de todo lo demás, una obsesión que tiene mucho de capricho infantil, más emocional que racional. Y que, claro, de paso les viene fenomenal a algunos políticos de la derecha catalana para que no se hable de sus medidas antisociales o su enorme corrupción. ¿Cómo sostienen todo esto? A base de una campaña propagandística descomunal, no exenta de hostigamiento al que no comulga con el pensamiento oficial, que se alimenta en gran parte de mentiras y demagogia. ¿Y para qué quieren poner una anacrónica frontera en Alcanar? Bueno, ellos sabrán, pero parece que uno de los motivos de más peso es el del dinero: evitarse transferir fondos de solidaridad interterritorial a otras regiones de España con menos recursos. Vergonzoso motivo.

Séptimo: por su parte, los líderes políticos de la derecha española llevan mucho tiempo fabricando secesionistas en Catalunya con sus políticas y sus actitudes. Irresponsablemente ciegos y sordos ante las demandas legítimas y el arraigado sentimiento nacional de una gran parte de la sociedad catalana, han hecho la quimera de la secesión cada vez más atractiva. Poniendo el interés electoral por encima del interés nacional, ese que tanto dicen defender los líderes de la derecha que se llenan la boca hablando de su supuesto amor por España. Tenemos un problema político que precisa de una solución política, la cual solo puede venir del acuerdo entre Catalunya y el resto de España, pero algunos no se quieren enterar. Concretamente en los últimos años, el insensato de Mariano Rajoy y su Partido Popular han gestionado torpemente la situación, enrocados y pertinaces, esperando que escampara sin mojarse y sin explorar soluciones ni ofrecer alternativas. Rajoy debe dimitir (por esto también, aunque ya tenía que haberlo hecho cuando se destapó el ‘caso Bárcenas’). Hasta que no tengamos un Gobierno de España sensible a lo que se vive en Catalunya y con el poder y la inteligencia para diseñar una salida factible y conducirnos hacia ella, no habrá manera de solucionar este embrollo.

Octavo: los líderes políticos de la derecha española llevan mucho tiempo, además, recurriendo a una manipulación de las emociones de la gente y a una propaganda demagógica (similares a las descritas anteriormente para el caso de Catalunya) que les vienen de perlas a ellos también para tapar una política antisocial y una corrupción parecidas a las de la derecha catalana. Parece como si hubiera un cristal a ambos lados del cual dos mimos, bien envueltos ambos en sus respectivas banderas, estuvieran copiándose los mismos, aunque opuestos, movimientos.

Noveno: cada vez más encajonados entre los dos extremos nacionalistas nos encontramos una mayoría de personas, en Catalunya y en el resto de España, que pensamos que estamos mejor unidos, que así somos más fuertes. Que sabemos que somos el mismo pueblo. Que no queremos una nueva frontera a modo de cicatriz recorriendo la península ibérica. Todo lo contrario, muchos lo que queremos es eliminar las fronteras, empezando por la hispano-lusa, continuando con el resto de las europeas y borrando después las de los demás continentes hasta que no quede ninguna en el mundo. Una península ibérica federal en una Europa federal no solo es posible, ¡es urgente!

Y décimo: exijámosles a nuestros líderes políticos menos empecinamiento, menos falsedades y menos patrioterismo. Exijámosles más altura de miras, más seriedad y más diálogo, fundado este en las leyes y en las aspiraciones legítimas de la gente. Promovamos el entendimiento en libertad, el justo respeto y el amor fraternal. Así quizá encontremos entre todos una solución y podamos dejar de perder tanto tiempo y energía con el disparate del nacionalismo. ¡Que tenemos muchos problemas infinitamente más urgentes e importantes! Parlem, collons!

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Dolor de España

muñoz molina

Antonio Muñoz Molina (El Confidencial)

Hasta quienes han encarnado en el imaginario popular durante los últimos quince años al matrimonio prototípico español de clase media han acabado por desvelarse como presuntos defraudadores fiscales. Sirva este enésimo escándalo nacional como muestra de la extensión alarmante que ha adquirido en estos años de crisis, en todos los ámbitos de nuestro país, la poza séptica del fraude, el abuso y la corrupción. El “dolor de España” que diagnosticó Unamuno hace un siglo es tan punzante hoy como entonces y la necesidad de renovación moral que propugnó es más urgente que nunca.

Hace unos días, dos significados afligidos por este dolor —el escritor Antonio Muñoz Molina y el periodista José Antonio Zarzalejos— mantuvieron una conversación pública en el Instituto Cervantes de Nueva York para intentar describirlo y buscarle algún remedio. El primero fue descrito por el segundo como un “referente intelectual” que inaugura la literatura ensayística sobre la crisis con su Todo lo que era sólido (Seix Barral, 2013). El segundo, continuando por esta misma senda, publicó el año pasado Mañana será tarde (Planeta) con prólogo del primero. Cada uno con su notoria perspectiva para mirar la realidad —Muñoz Molina socialdemócrata y Zarzalejos conservadora—, ambos son analistas lúcidos, de gran honestidad intelectual y —aves raras en el panorama español— con un pensamiento y una voz libres de ataduras, bandos y sectarismos.

La charla comenzó por lo económico, con Zarzalejos describiendo España como un país aquejado por una rampante precariedad laboral que causa millones de “pobres que trabajan”. Si no ha habido un estallido social, explicó, es porque lo ha evitado la ubicuidad de la economía sumergida (que estimó en más de un 20% del PIB), la solidaridad proveniente del entramado familiar y el éxodo de los jóvenes (los mismos a los que el Estado pone trabas para votar, por cierto). Al mismo tiempo que sufrimos este problema económico, dijo Zarzalejos, adolecemos de otro de índole ética: la “falta de civismo” de considerar como “banales” comportamientos socialmente destructivos como no pagar impuestos.

Muñoz Molina, por su parte, puso el dedo en la llaga de la falta de un modelo económico sostenible en España. El crecimiento de antes de la crisis, basado en la construcción desaforada y un crédito artificialmente barato, no podía durar y todo el mundo lo sabía, pero como casi nadie lo decía (“disentir está muy mal visto”), nos embarcamos —o nos embarcaron— en un “delirio colectivo” del que ahora estamos pagando las consecuencias. Por si fuera poco, expuso Muñoz Molina, en nuestro país la educación y el conocimiento carecen del prestigio que merecen y “no se alienta, reconoce ni recompensa el mérito”.

Hasta aquí, en el diagnóstico de la crisis como una interconectada decadencia económica y moral, ambos ponentes estuvieron en total consonancia. Los matices vinieron al tratar las repercusiones políticas de todo ello.

Para Zarzalejos, el fracaso de PSOE y PP para afrontar la triple crisis de España —económica, que mutó en social con la tremenda desigualdad y luego en institucional, completando el “fallo sistémico”— abona la llegada de dos “populismos reactivos”: por un lado, el independentismo catalán, con sus tintes victimistas (“España nos roba”) y simplistas apelaciones a una fantástica Arcadia feliz; y por otro lado, el “populismo de contestación” y “evocaciones chavistas” de Podemos.

Muñoz Molina, sin embestir de lleno a su interlocutor, no dejó de señalar que tanto el PSOE —en su Andalucía natal, por ejemplo— como el PP, así como los partidos nacionalistas (o regionalistas como Revilla, con su “ostentación de la ignorancia”) han ejercido y ejercen también el populismo, a menudo en su versión más extractiva y clientelar. Los máximos antisistema, remató Muñoz Molina, son los corruptos que roban en las instituciones: ahora, por tanto, estas instituciones no tienen defensa ante el populismo.

Ahondando en el carácter corrosivo de la “corrupción institucionalizada”, Zarzalejos se atrevió con un colorido catálogo de los diferentes tipos que padecemos en España: la “corrupción socializada” de Andalucía, en la órbita del PSOE; la relacionada con la financiación del PP, por ejemplo en la Comunidad Valenciana; la del entorno del nacionalismo catalán, basada en “forrarse en nombre de la patria”; la corrupción “chulapona” de la Comunidad de Madrid, “ostentosa y hortera”; y, fuera de la política, la corrupción “civil” representada por Manos Limpias (qué oxímoron) y Ausbanc.

¿Hay remedio? Para responder a esta pregunta y saber si podemos esperar algo mejor del futuro, Muñoz Molina comienza mirando al pasado reciente para trazar un perspicaz relato que se expone más o menos a continuación. Hasta hace no mucho, había en España acuerdos básicos en ciertos temas fundamentales, “una mayoría civil por encima de las diferencias partidistas” que se articuló con grandes movilizaciones ciudadanas sobre todo en dos momentos clave: para defender la democracia después del golpe de Estado del 23F y para condenar el terrorismo de ETA tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco.

Este clima, mantiene Muñoz Molina, se empieza a quebrar durante la segunda legislatura —con mayoría absoluta— de José María Aznar: con la “iluminación atlántica” que le sobrevino para apoyar la Guerra de Irak y con las mentiras de su gobierno tras el 11M. Luego llega José Luis Rodríguez Zapatero, que intenta abordar la llamada memoria histórica, un tema que no se había afrontado hasta ese momento por “negligencia”. Entonces se destapa la caja de Pandora de la Guerra Civil, en gran parte por la incapacidad “cobarde y permanente” de la derecha española para distanciarse del franquismo.

Las rupturas sociales internas, concluye Muñoz Molina, venían de antes y estallan durante la crisis. Los grandes problemas de España —la desigualdad, el deficiente sistema educativo o la casi ausencia de separación de poderes— tienen solución, afirma, pero para arreglarlos se requieren acuerdos amplios. Y para ello, es imprescindible que haya un debate público serio y profundo, de alto nivel y, sobre todo, con libertad para que cada uno exprese lo que piensa sin que a la mínima se le echen encima, por traicionar a los (h)unos o por “ser de los otros”, los de un bando o los del de más allá. En este sentido, la exposición de Muñoz Molina y Zarzalejos en Nueva York fue un magnífico ejemplo de cómo dos personas de ideologías distintas pueden compartir y confrontar ideas de manera respetuosa, honda e inteligente.

La conocida cita de —volviendo a los clásicos— Ortega y Gasset, “España es el problema, Europa la solución”, podía servir antes de consuelo al “dolor de España”. De un tiempo a esta parte, sin embargo, Europa se manifiesta como un problema tanto o más grave que España. El historiador Tony Judt ya avisó en 2005, antes de morir, en la conclusión de su obra Postguerra, de que la supervivencia de Europa ante los retos del siglo XXI dependería de cómo los europeos tratáramos a los no europeos en nuestro seno y a las puertas de nuestras fronteras. Si Europa se contrae en un provincialismo defensivo, advirtió Judt, la Unión Europea no será más que el máximo común divisor de los intereses individuales de sus miembros.

Basta pensar en el tratamiento inhumano que la UE está dando a los refugiados que escapan del horror al otro lado del Mediterráneo, o en el egoísmo, miopía y cerrazón con que la UE ha lidiado con Grecia, para constatar el fracaso reciente de Europa. Si Europa ya no es la solución, y no pudiendo por tanto mirar hacia fuera, seguramente tenga España que mirar hacia dentro y no le quede a nuestro país más solución que la reacción de los españoles y las españolas.

La violencia, el sectarismo y ‘eldiario.es’

Soy lector habitual de ‘eldiario.es’, donde he publicado un par de artículos. Me gusta su concepción del periodismo como un oficio que se ha de ejercer de manera independiente, sin reservas ni ataduras de ningún tipo para averiguar y explicar los hechos y que ha de cuestionar sin miedo a los poderosos siempre que sea necesario. Me alegro de que exista un periódico así, con enfoque social, que da prioridad a los derechos humanos y es financiado no por oscuros intereses, sino por sus empleados y socios de manera transparente. El ejemplar seguimiento de la tragedia de Ceuta, poniendo en duda la versión oficial e informando de lo que las autoridades pretendían ocultar, es la más reciente de una larga lista de noticias de ‘eldiario.es’ que ponen de relieve estos valores.

Sin embargo, creo que ‘eldiario.es’ adolece de una cierta estrechez en su sección de opinión: el abanico de perspectivas de sus columnistas es habitualmente demasiado limitado, repetitivo, monocolor. Esta situación se ve acentuada por la influencia que ejerce un sector extremista de los socios y lectores del periódico, que es muy activo en los comentarios al pie de los artículos y generalmente bastante sectario. Por ejemplo, en marzo de 2o13, a raíz de la muerte de Hugo Chávez, tres colaboradores de ‘eldiario.es’ experimentaron la ira de este sector por expresar sus críticas a la Venezuela bolivariana. Sebastián LavezzoloToni Roldán Monés y Manuel Saco fueron objeto de duros ataques y algunas lamentables descalificaciones personales. Manuel Saco incluso decidió en consecuencia dejar de publicar en ‘eldiario.es’, despidiéndose de los lectores con un elegante y demoledor mensaje en el que, con dignidad y una fina ironía, criticaba a aquellos que solo buscan en el periódico “el bálsamo de la prensa amiga (…) como un lugar refugio donde confirmar a diario sus ideas”.

Más allá de la estrechez ideológica de las columnas de opinión de ‘eldiario.es’, en las últimas semanas he percibido algo aún más preocupante: repetidas insinuaciones, cuando no directas justificaciones, de que la violencia podría ser conveniente hoy en día en España. Con motivo de los sucesos de Gamonal en enero, Javier Gallego escribió que la violencia es una “herramienta legítima de reivindicación cuando los políticos han abortado todas las formas de protesta pacíficas” y que, aunque no es “la vía deseable”, la violencia “es una vía más que se abre y va ganando aceptación”. En una línea similar se expresaron entonces Antonio Orejudo y Rafael Reig. Antes de ayer, en un artículo en el que compara de manera injustificable la situación de Ucrania con la de España, Antonio Orejudo juguetea de manera frívola e irresponsable con la posibilidad de que en España hagan falta “82 muertos” —los que desgraciadamente ha habido en Ucrania— como “precio” para regenerar el sistema.

Me parece una lamentable y peligrosa insensatez que los citados columnistas escriban, y ‘eldiario.es’ publique, este tipo de temerarios disparates. Uno creería que en un país donde aún vive gente que sufrió en carne propia la Guerra Civil, los opinadores con potentes altavoces mediáticos se comportarían de manera más responsable.

Snowden, España y ‘El País’

Hoy ‘El País’ por fin se ha subido de lleno al carro de Snowden titulando a toda página que “La NSA también espió en España”. Qué notición. Menudo alivio no ser menos que nuestros vecinos, oigan. Ya empezaba uno a sospechar que éramos invisibles.

Aunque a decir verdad, ‘El País’ ha colado a España en la fiesta que empezaron ‘The Guardian’ y ‘The Washington Post’ a última hora y de rondón. Glenn Greenwald y Laura Poitras, los autores de las primeras revelaciones y principales depositarios de las filtraciones de Snowden, llevan semanas causando revuelos específicos en Alemania, Brasil o Francia con sus exclusivas documentadas en ‘Der Spiegel’, ‘O Globo’ o ‘Le Monde’.

Hasta ahora ningún medio español ha conseguido semejante triunfo periodístico. Así que ‘El País’, en ausencia de documentos probatorios y a falta de la colaboración de Greenwald o Poitras, se conforma con citar a “fuentes conocedoras de la documentación filtrada por Edward Snowden”, que afirman: “Las agencias de espionaje estadounidenses han empleado la misma práctica en muchos países. Y España no ha sido ninguna excepción”.

Ese es todo el sustento para una información a cinco columnas. No somos “ninguna excepción” y por tanto lo que se ha venido contando con detalles y documentos en otros países también vale para nosotros. Se nos mete en el mismo saco y el trabajo de investigación ajeno en otros casos queda convalidado. Por ahora, sin pruebas documentales y sin especificar a quién, cuándo, cómo o con qué objetivo se espió.

Aunque lo mejor es la reacción de un “alto cargo” del gobierno español ante las sospechas de espionaje masivo de EE. UU. en España: “Si hubiera sido así, eso se habría producido en la etapa de [José Luis Rodríguez] Zapatero”. ¿Queda claro de quién es la culpa? Una pista: no es del chachachá.

[Actualización, 28/10/13] Hoy ‘El Mundo’, en la portada de su edición impresa, anuncia que “ha alcanzado un acuerdo con Glenn Greenwald para divulgar en exclusiva los ‘documentos de Snowden’ que afectan a España” y desvela el primero de ellos, con firma del periodista estadounidense (y de Germán Aranda) además de la evidencia documental. Hablando de evidencias, el que queda en evidencia es ‘El País’, que en su versión digital publica un artículo sin firma de periodista alguno en el cual, como tuitea Eduardo Suárez, se hace un “refrito” de la exclusiva de ‘El Mundo’, nombrando al diario competidor solo de puntillas. Dos interrogantes para terminar. Primero, una duda razonable: la noticia de ‘El País’ hace tres días objeto de esta entrada, ¿se explica como un intento de adelantarse a ‘El Mundo’ aunque fuera sin detalles ni pruebas documentales del espionaje en España? Segundo, una especulación: sorprende que ‘El País’, socio estratégico de ‘The Guardian’ y ‘Le Monde’, con los que comparte línea editorial, haya perdido la exclusiva española de Snowden y Greenwald ante ‘El Mundo’, como perdió a Enric González. ¿Habría ocurrido lo mismo antes del episodio del ERE que tanto daño hizo a ‘El País’ o se trata de otro indicio más del declive del “periódico global en español”?

[Actualización, 29/10/13] Hoy Keith Alexander, el director de la NSA, ha declarado ante el Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes. Ha dicho que las afirmaciones de ‘El Mundo’ y otros periódicos de Francia e Italia de que la NSA recolectó decenas de millones de llamadas de teléfono en estos países son “completamente falsas”. Alexander ha añadido que los periodistas y Snowden “no entendieron lo que estaban mirando”. Y ha concluido: “Para ser completamente claro, esta no es información que recolectáramos sobre ciudadanos europeos”. El ‘Wall Street Journal’ publica que Francia y España colaboraron con el espionaje de la NSA. Con respecto a las afirmaciones de Alexander, Glenn Greenwald sugiere que el asunto no va a quedar así. Esto va para largo.

[Actualización, 31/10/13] Ayer, Glenn Greenwald respondió (original en inglés, traducción al español en ‘El Mundo’) a la NSA. No niega que pueda haber errores en sus informaciones, pero reclama a la NSA pruebas que lo demuestren. También ayer, ‘El Mundo’ publicó otra noticia firmada por Greenwald (y Germán Aranda) en la que, en la línea de ‘ The Wall Street Journal’ un día antes, y bajo el titular “El CNI facilitó el espionaje masivo de EEUU a España”, se afirma que “el Centro Nacional de Inteligencia español (…) habría permitido y/o ayudado a la primera potencia mundial a intervenir esas 60 millones de llamadas telefónicas los pasados diciembre y enero”. Por último, hoy la ‘Cadena Ser’ publica que “fuentes del gobierno” “confirman” a este medio que “España, como dijo Estados Unidos, cedió metadatos de millones de llamadas a la NSA, pero que estos provenían del exterior, no [de] dentro de España”.  Añade la ‘Cadena Ser’:

Esto supone que la inteligencia española no desmentirá lo dicho por la NSA y al situar la obtención de datos en el exterior eliminará de la escena al delito de espionaje, ya que la ley española impide recoger metadatos de manera masiva en territorio español pero esto no es aplicable al exterior.

Es la solución que contenta a todas las partes en un momento en el que el Gobierno quiere rebajar la tensión con Estados Unidos en el caso Snowden, algo que se escenificaba ayer en la sesión de control donde hasta el principal grupo de la oposición evitaba hacer sangre.

Sin embargo, la tesis del CNI deja todavía por despejar el presunto espionaje a presuntos líderes políticos españoles…

Queda por ver si “la solución que contenta a todas las partes” también se corresponde con la verdad.

Reseña de ‘Secesión: Causas y consecuencias del divorcio político’

“La secesión política es sólo un ejemplo del fenómeno más general de unión y separación, la creación y disolución de relaciones con los otros. Se trata del más antiguo, inquietante, profundo y, a la vez, más necesario drama humano”. Con esta reflexión general sella el catedrático de filosofía de la Universidad de Yale Allen Buchanan su clásica obra “Secesión” (1991), reeditada recientemente en español en la estela de la efervescencia secesionista en Catalunya, con prólogo ad hoc. En ella, Buchanan plantea un “marco moral para el estudio de la secesión” a partir de un análisis exhaustivo de los argumentos a favor y en contra de la misma.


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