Egipto: La plaza y el laberinto

Antonio Tabucchi, autor de la célebre novela Sostiene Pereira y de la menos exitosa pero tan cautivadora La cabeza perdida de Damasceno Monteiro, inició su carrera literaria con un encantador y poco conocido librito, titulado Piazza d’Italia. En él, Tabucchi cuenta, con evidente influencia de Cien años de soledad de García Márquez y varias dosis de su realismo mágico, unos cien años de historia de Italia —desde los camisas rojas de Garibaldi hasta los partisanos de la Segunda Guerra Mundial— a través de las vicisitudes de una libertaria familia de insurrectos.

No pude evitar acordarme de Piazza d’Italia tras ver The Square, largometraje egipcio-estadounidense galardonado en Sundance y que compitió por el premio al mejor documental en los últimos Óscar. Más allá de que la primera es una obra literaria y de ficción y la segunda es cinematográfica y de no ficción, ambas toman como referente una plaza, ámbito de la geografía urbana que sirve de símbolo para contar la historia de todo un país. En el caso de The Square, la plaza es Tahrir y el país es Egipto, en el que no faltan, como en la Italia de Tabucchi, los insurrectos.


El resto del artículo puede leerse en ‘Jot Down’.

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La ONU recibe al ciudadano Bardem

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Javier Bardem frente a un retrato de Kofi Annan (Jason Merritt/Getty Images)

Este martes, Javier Bardem acudió —no como representante de ninguna opción política, según dijo, sino como un “ciudadano común que se dedica a hacer cine”— a la sede de la ONU en Nueva York para participar en un coloquio sobre la situación de los derechos humanos en el Sáhara Occidental y presentar el largometraje que ha producido sobre el tema, ‘Hijos de las nubes, la última colonia’, dirigido por Álvaro Longoria y recientemente galardonado con el Goya 2013 al mejor documental.

El evento se celebró en la cámara del Consejo Económico y Social (ECOSOC) de las Naciones Unidas y estuvo patrocinado por las misiones ante la ONU de Angola, Mozambique, Sudáfrica y Zimbabwe —cuatro de los 82 países que han reconocido a la República Árabe Saharaui Democrática como estado soberano— en colaboración con el Centro Robert F. Kennedy para la Justicia y los Derechos Humanos. Además de Bardem, participaron como oradores Kerry Kennedy, hija del fallecido Robert Kennedy y presidenta del Centro que lleva su nombre, y Aminatou Haidar, conocida activista pro saharaui. Los representantes ante la ONU de Marruecos y el Frente Polisario, invitados al evento, declinaron su asistencia.

Tomó la palabra primero en el coloquio Javier Bardem. Explicó su vinculación con el Sáhara Occidental —que comenzó, según explicó, a raíz de sus visitas a Tinduf (Argelia) para el FiSahara, el único festival de cine que se realiza en un campamento de refugiados—, denunció las violaciones de derechos humanos contra el pueblo saharaui y reclamó mayor atención internacional para un conflicto estancado y tantas veces olvidado. A continuación, Kerry Kennedy relató su viaje al Sáhara Occidental en agosto del año pasado al frente de una delegación internacional de derechos humanos, durante el cual su hija de 17 años fue agredida por un policía marroquí por fotografiar cómo otros oficiales marroquíes —entre ellos el vicegobernador del Sáhara Occidental— maltrataban a golpes a una mujer. (Cuando la foto de la víctima con la cara desfigurada salió a la luz, las autoridades marroquíes dijeron que se había tropezado).

Kerry Kennedy también reclamó que la misión de la ONU en el Sáhara Occidental (MINURSO) sea encomendada con un mandato específico en materia de derechos humanos (actualmente es la única fuerza de mantenimiento de la paz de la ONU que no cuenta con dicho mandato) y animó a los asistentes a firmar una petición de Change.org en este sentido. Precisamente en el asunto de la falta de respeto a los derechos humanos en el Sáhara Occidental se centró la intervención más emotiva, la de Aminatou Haidar. La activista saharaui relató cómo, tras ser detenida por las autoridades marroquíes en 1987 por participar en una manifestación pacífica, estuvo cuatro años en paradero desconocido, sometida a torturas, y cómo desde entonces las agresiones por parte de oficiales de Marruecos se han ido repitiendo con regularidad, la última hace sólo unos meses. Su conmovedor testimonio, narrado con iguales dosis de calma y firmeza, mereció el reconocimiento en forma de aplauso del público asistente.

Tras las presentaciones de los invitados llegó el momento de las preguntas. Las cuatro que dio tiempo a formular fueron de ciudadanos marroquíes, algunos de ellos del Sáhara Occidental. Todas cargadas de pasión, defendiendo la postura de Marruecos y reclamando que se escuchara la perspectiva marroquí en el conflicto, lo que da una idea de su complejidad. El moderador del evento recordó que el representante marroquí ante la ONU declinó su asistencia y Javier Bardem subrayó que ningún oficial marroquí quiso participar en la película. En todo caso, las cuatro intervenciones pro marroquíes fueron un necesario recordatorio de la importancia de escuchar a todas las voces si quiere uno acercarse a la verdad de cualquier conflicto.

Y por fin se proyectó la película. Desde un punto de vista político o de contenido, le falta objetividad. Si bien es cierto que ningún representante de Marruecos quiso participar, sí se podría haber buscado un tono general más neutral o un espectro más amplio en las explicaciones de expertos “independientes”. El comienzo de la guerra entre Marruecos y el Frente Polisario no está bien explicado y el papel de Argelia, que es clave en todo el conflicto, tampoco se desarrolla lo suficiente. Las ilustraciones animadas de Aleix Saló —autor de ‘Españistán’— son algo frívolas y maniqueas. Desde un punto de vista cinematográfico o formal, la película no es demasiado destacable. Peca de un excesivo protagonismo de sus productores, no aprovecha a nivel de fotografía los espectaculares paisajes del desierto y carece de un relato unificado que enganche al espectador. Ahora bien, cuenta con interesante material videográfico de época y valiosas entrevistas. Por otra parte, el hecho de que esté rodado en inglés indica claramente el propósito del documental: dar a conocer internacionalmente la historia y presente de un conflicto que, más allá del Sáhara Occidental, España o Marruecos, es generalmente ignorado en el mundo. Si esto logra Javier Bardem con su irregular película, habrá hecho una importante contribución a la causa de los derechos humanos.

‘The Gatekeepers’: El escudo invisible de Israel habla por primera vez

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Avraham Shalom (www.cinespect.com)

Si les digo Dror Moreh, seguramente no les suene a nada. Es probable que Shin Bet tampoco. No se trata de personajes de ‘El Señor de los Anillos’, ni de nuevas técnicas de meditación oriental. El primero es un director de cine israelí que ha dirigido hasta ahora dos documentales. El segundo es el organismo interno de inteligencia de Israel (el más mediático Mossad es la agencia de inteligencia exterior), encargado de garantizar la seguridad del estado frente a ataques terroristas, cuyo lema se podría traducir como “El escudo invisible”. Todos sus miembros son secretos salvo sus directores, que no obstante, nunca habían hablado ante una cámara. Hasta ahora.

Dror Moreh ha reunido a los seis ex directores del Shin Bet que todavía viven, los ha entrevistado, y con sus declaraciones ha montado una magnífica cinta, ‘The Gatekeepers’ (‘Los Guardianes de las Puertas’), que se acaba de estrenar en Estados Unidos tras hacerlo en Israel (no hay planes de estreno en España). En Nueva York, sólo la están pasando en el Lincoln Plaza, un pequeño cine independiente. Sin embargo, ha sido muy bien recibida por la crítica. A. O. Scott, del ‘New York Times’ la ha declarado la mejor película documental de 2012, calificándola de “esencial” y “reveladora para aquéllos que crean que entienden Oriente Medio”. ‘The Gatekeepers’ competirá con otras cuatro candidatas por el Óscar al mejor documental el próximo domingo 24 de febrero.

El hecho de que Moreh haya convencido a estos “cancerberos” para aparecer en una película es ya de por sí asombroso. Sólo imaginen la cantidad de secretos de que serán depositarios estos hombres tras haber dirigido durante las últimas décadas la lucha —no siempre limpia— de Israel contra el terrorismo: no sólo el de origen palestino o islámico, sino tambien el interior, proveniente de la derecha religiosa israelí más fundamentalista. Aunque, como dice uno de los protagonistas en la película, el concepto de “terrorismo” se presta a diferentes interpretaciones: “El que para algunos es un terrorista para otros es un luchador por la libertad.”

Si asombroso es que estos seis espías se hayan prestado a hablar, más asombroso aún es la sinceridad y claridad con las que lo hacen. Especialmente teniendo en cuenta que el documental aborda los episodios más sensibles vividos en el Shin Bet —y en Israel— desde la ocupación de los territorios palestinos que siguió a la Guerra de los Seis Días en 1967: secuestros y ataques suicidas con bombas en autobuses israelíes, ejecuciones selectivas —y no tanto— llevadas a cabo por Israel, las dos Intifadas, el asesinato de Isaac Rabin por un fundamentalista judío de extrema derecha… Todo ello con una gran agilidad narrativa. La cinta, que combina las entrevistas a los seis protagonistas con impactantes recreaciones e imágenes de archivo, sigue un orden cronológico que, sin embargo, se altera armoniosamente en ocasiones para desarrollar algunos temas centrales: la tortura, las ejecuciones selectivas, el papel del gobierno o las expectativas de un proceso de paz.

Quizá el entrevistado más interesante sea Avraham Shalom, el anciano con tirantes aparentemente apacible de la fotografía que encabeza esta entrada. Shalom fue jefe del Shin Bet entre 1981 y 1986, cuando tuvo que dimitir tras ser acusado de ordenar y encubrir la muerte de dos prisioneros palestinos que habían secuestrado un autobús. En la cinta no lo niega, se limita a decir que seguía órdenes “de arriba” e, incluso, con la mayor sangre fría, da detalles de cómo se ordenó que a los prisioneros, heridos, se les destrozara el cráneo con una piedra. Cuando el entrevistador pretende inquirir acerca de la moralidad de tales actos, Shalom ataja el asunto rápidamente para sentenciar que, cuando se trata con terroristas, “no hay moral que valga”. Lo más llamativo es que el mismo Shalom, más tarde en la película, califica de “inmorales” determinados ataques con bombas sobre militantes en Gaza, defiende la importancia del diálogo con los “enemigos de Israel” para alcanzar la paz e insiste en la necesidad insoslayable de hablar “con todos, incluido Hamás, hasta con Ahmadineyad”. “No hay alternativa”, dice.

Ciertamente, en casos tan complejos como el de Israel y Palestina no es fácil encontrar “blancos y negros”, como prueban las contradicciones de Avraham Shalom. Quizá su intervención más sorprendente, sin embargo, es aquélla en la que afirma sin tapujos que Israel se ha convertido en una “fuerza brutal de ocupación, similar a la de los alemanes en la Segunda Guerra Mundial”. Shalom sabe de lo que habla, pues vivió de niño en la Viena de los años 30. Luego aclara que “similar” no significa “idéntica”, y que no se refiere al Holocausto, sino a la ocupación nazi de Holanda, Polonia o República Checa, pero el tabú ya está roto. Y vaya por quién. Otro de los ex jefes del Shin Bet, Carmi Gillon, abundando en la misma idea, afirma: “Estamos haciendo insoportable la vida a millones de personas, prolongando su sufrimiento humano… no puedo con ello”. Volviendo a Shalom: “Nos hemos vuelto… crueles. También con nosotros mismos.”

‘The Gatekeepers’ es un documental apasionante, que invita a la reflexión y a la revisión de ideas preconcebidas. Las declaraciones de los protagonistas son extremadamente valiosas —por quién las pronuncia— y, en su mayoría, cuentan con una incalculable potencia para los que, desde fuera de Israel, quieren (queremos) entender el conflicto y los que, desde dentro, están dispuestos a abrir los ojos. El cuadro que pintan estos testigos excepcionales del pasado y presente de Israel es desolador. Como destacó Mario Vargas Llosa en un reciente artículo, una frase de uno de los entrevistados lo resume bien: “Ganamos todas las batallas, pero perdemos la guerra”. En cuanto al futuro, queda claro, tras escuchar a los seis ex directores del Shin Bet, que ha sido puesto en peligro por los sucesivos gobiernos de Israel al negarse a hacer la paz. Hasta el punto de que, otro de los participantes, al comentar el asesinato de Isaac Rabin —que fue quizá el único dirigente israelí que intentó de verdad la paz con los Acuerdos de Oslo— afirma: “No será el último asesinato político en Israel. Ocurrirá otro cuando tengamos que retirar a los colonos de Cisjordania”. ¿Habrá alguien capaz de evitar que la historia se repita?