‘Sanderistas’ con Hillary

A Hillary Clinton le costó más de lo esperado conseguir la nominación presidencial del Partido Demócrata: Bernie Sanders y sus entusiastas seguidores le dieron guerra hasta el último minuto. Al final, Clinton consiguió un 55% de los votos en las primarias, por un 43% de Sanders, aproximadamente. Los alistados en la revolución sanderista —que pudo ser y no será, al menos por ahora— se enfrentaron con la derrota de su candidato a una difícil disyuntiva: tras una competida batalla, en la que el partido se dividió casi por la mitad, tenían que decidir si apoyaban o no a Hillary Clinton, a la que tanto habían criticado por no ser suficientemente progresista. La decisión es especialmente trascendente si se tiene en cuenta que Clinton es la única opción realista de evitar que Donald Trump, y todas las cosas horribles que él representa, lleguen a la Casa Blanca.


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Dolor de España

muñoz molina

Antonio Muñoz Molina (El Confidencial)

Hasta quienes han encarnado en el imaginario popular durante los últimos quince años al matrimonio prototípico español de clase media han acabado por desvelarse como presuntos defraudadores fiscales. Sirva este enésimo escándalo nacional como muestra de la extensión alarmante que ha adquirido en estos años de crisis, en todos los ámbitos de nuestro país, la poza séptica del fraude, el abuso y la corrupción. El “dolor de España” que diagnosticó Unamuno hace un siglo es tan punzante hoy como entonces y la necesidad de renovación moral que propugnó es más urgente que nunca.

Hace unos días, dos significados afligidos por este dolor —el escritor Antonio Muñoz Molina y el periodista José Antonio Zarzalejos— mantuvieron una conversación pública en el Instituto Cervantes de Nueva York para intentar describirlo y buscarle algún remedio. El primero fue descrito por el segundo como un “referente intelectual” que inaugura la literatura ensayística sobre la crisis con su Todo lo que era sólido (Seix Barral, 2013). El segundo, continuando por esta misma senda, publicó el año pasado Mañana será tarde (Planeta) con prólogo del primero. Cada uno con su notoria perspectiva para mirar la realidad —Muñoz Molina socialdemócrata y Zarzalejos conservadora—, ambos son analistas lúcidos, de gran honestidad intelectual y —aves raras en el panorama español— con un pensamiento y una voz libres de ataduras, bandos y sectarismos.

La charla comenzó por lo económico, con Zarzalejos describiendo España como un país aquejado por una rampante precariedad laboral que causa millones de “pobres que trabajan”. Si no ha habido un estallido social, explicó, es porque lo ha evitado la ubicuidad de la economía sumergida (que estimó en más de un 20% del PIB), la solidaridad proveniente del entramado familiar y el éxodo de los jóvenes (los mismos a los que el Estado pone trabas para votar, por cierto). Al mismo tiempo que sufrimos este problema económico, dijo Zarzalejos, adolecemos de otro de índole ética: la “falta de civismo” de considerar como “banales” comportamientos socialmente destructivos como no pagar impuestos.

Muñoz Molina, por su parte, puso el dedo en la llaga de la falta de un modelo económico sostenible en España. El crecimiento de antes de la crisis, basado en la construcción desaforada y un crédito artificialmente barato, no podía durar y todo el mundo lo sabía, pero como casi nadie lo decía (“disentir está muy mal visto”), nos embarcamos —o nos embarcaron— en un “delirio colectivo” del que ahora estamos pagando las consecuencias. Por si fuera poco, expuso Muñoz Molina, en nuestro país la educación y el conocimiento carecen del prestigio que merecen y “no se alienta, reconoce ni recompensa el mérito”.

Hasta aquí, en el diagnóstico de la crisis como una interconectada decadencia económica y moral, ambos ponentes estuvieron en total consonancia. Los matices vinieron al tratar las repercusiones políticas de todo ello.

Para Zarzalejos, el fracaso de PSOE y PP para afrontar la triple crisis de España —económica, que mutó en social con la tremenda desigualdad y luego en institucional, completando el “fallo sistémico”— abona la llegada de dos “populismos reactivos”: por un lado, el independentismo catalán, con sus tintes victimistas (“España nos roba”) y simplistas apelaciones a una fantástica Arcadia feliz; y por otro lado, el “populismo de contestación” y “evocaciones chavistas” de Podemos.

Muñoz Molina, sin embestir de lleno a su interlocutor, no dejó de señalar que tanto el PSOE —en su Andalucía natal, por ejemplo— como el PP, así como los partidos nacionalistas (o regionalistas como Revilla, con su “ostentación de la ignorancia”) han ejercido y ejercen también el populismo, a menudo en su versión más extractiva y clientelar. Los máximos antisistema, remató Muñoz Molina, son los corruptos que roban en las instituciones: ahora, por tanto, estas instituciones no tienen defensa ante el populismo.

Ahondando en el carácter corrosivo de la “corrupción institucionalizada”, Zarzalejos se atrevió con un colorido catálogo de los diferentes tipos que padecemos en España: la “corrupción socializada” de Andalucía, en la órbita del PSOE; la relacionada con la financiación del PP, por ejemplo en la Comunidad Valenciana; la del entorno del nacionalismo catalán, basada en “forrarse en nombre de la patria”; la corrupción “chulapona” de la Comunidad de Madrid, “ostentosa y hortera”; y, fuera de la política, la corrupción “civil” representada por Manos Limpias (qué oxímoron) y Ausbanc.

¿Hay remedio? Para responder a esta pregunta y saber si podemos esperar algo mejor del futuro, Muñoz Molina comienza mirando al pasado reciente para trazar un perspicaz relato que se expone más o menos a continuación. Hasta hace no mucho, había en España acuerdos básicos en ciertos temas fundamentales, “una mayoría civil por encima de las diferencias partidistas” que se articuló con grandes movilizaciones ciudadanas sobre todo en dos momentos clave: para defender la democracia después del golpe de Estado del 23F y para condenar el terrorismo de ETA tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco.

Este clima, mantiene Muñoz Molina, se empieza a quebrar durante la segunda legislatura —con mayoría absoluta— de José María Aznar: con la “iluminación atlántica” que le sobrevino para apoyar la Guerra de Irak y con las mentiras de su gobierno tras el 11M. Luego llega José Luis Rodríguez Zapatero, que intenta abordar la llamada memoria histórica, un tema que no se había afrontado hasta ese momento por “negligencia”. Entonces se destapa la caja de Pandora de la Guerra Civil, en gran parte por la incapacidad “cobarde y permanente” de la derecha española para distanciarse del franquismo.

Las rupturas sociales internas, concluye Muñoz Molina, venían de antes y estallan durante la crisis. Los grandes problemas de España —la desigualdad, el deficiente sistema educativo o la casi ausencia de separación de poderes— tienen solución, afirma, pero para arreglarlos se requieren acuerdos amplios. Y para ello, es imprescindible que haya un debate público serio y profundo, de alto nivel y, sobre todo, con libertad para que cada uno exprese lo que piensa sin que a la mínima se le echen encima, por traicionar a los (h)unos o por “ser de los otros”, los de un bando o los del de más allá. En este sentido, la exposición de Muñoz Molina y Zarzalejos en Nueva York fue un magnífico ejemplo de cómo dos personas de ideologías distintas pueden compartir y confrontar ideas de manera respetuosa, honda e inteligente.

La conocida cita de —volviendo a los clásicos— Ortega y Gasset, “España es el problema, Europa la solución”, podía servir antes de consuelo al “dolor de España”. De un tiempo a esta parte, sin embargo, Europa se manifiesta como un problema tanto o más grave que España. El historiador Tony Judt ya avisó en 2005, antes de morir, en la conclusión de su obra Postguerra, de que la supervivencia de Europa ante los retos del siglo XXI dependería de cómo los europeos tratáramos a los no europeos en nuestro seno y a las puertas de nuestras fronteras. Si Europa se contrae en un provincialismo defensivo, advirtió Judt, la Unión Europea no será más que el máximo común divisor de los intereses individuales de sus miembros.

Basta pensar en el tratamiento inhumano que la UE está dando a los refugiados que escapan del horror al otro lado del Mediterráneo, o en el egoísmo, miopía y cerrazón con que la UE ha lidiado con Grecia, para constatar el fracaso reciente de Europa. Si Europa ya no es la solución, y no pudiendo por tanto mirar hacia fuera, seguramente tenga España que mirar hacia dentro y no le quede a nuestro país más solución que la reacción de los españoles y las españolas.

La revolución ‘sanderista’

Esta es la historia de la “revolución política” defendida por Bernie Sanders en Estados Unidos, que pudo ser y probablemente no será, al menos por ahora, pues los resultados de las primarias del estado de Nueva York dejan prácticamente hundidas las esperanzas de los sanderistas de que su líder sea el candidato presidencial del Partido Demócrata el próximo noviembre. Sanders necesitaba un buen resultado, que confirmara el resurgimiento que había experimentado en las últimas semanas y solidificara sus opciones de remontada. Sin embargo, ha sido su rival Hillary Clinton la que se ha hecho con la victoria en Nueva York, con un incontestable 58% de los votos.


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¿Quién vota a quién en Estados Unidos?

La favorita Hillary Clinton domina la carrera por la nominación demócrata, habiendo ganado en 18 de los 32 estados que han votado hasta ahora. El aspirante Bernie Sanders se ha hecho con los 14 estados restantes.

Sanders ha planteado mucha más batalla de la que se podía imaginar al principio de la campaña. Cuando el senador por Vermont anunció en primavera del año pasado que se presentaba, gran parte de la ciudadanía estadounidense ignoraba quién era y qué proponía. Las encuestas otorgaban una amplísima ventaja a Clinton, mucho más conocida y a la que muchos daban ya por presidenta. Sanders ha ido recortando distancias desde entonces, hasta convertirse en una amenaza real para la ex secretaria de Estado.

(…)

El ciclón de Donald Trump ha barrido 20 estados y domina con comodidad −para éxtasis de sus seguidores y espanto de casi todos los demás− la carrera por la nominación republicana. El único candidato que ha logrado arrebatarle más de un estado es Ted Cruz, que se ha impuesto en nueve y se perfila a día de hoy como la alternativa al multimillonario. El candidato John Kasich aguanta en liza por los pelos, habiendo ganado solo en su estado de origen, Ohio.

Las primarias republicanas están siendo una auténtica escabechina, que está haciendo trizas casi todos los esquemas que los conservadores daban por hechos y, de paso, la unidad del propio partido. Cuando en junio de 2015 Trump anunció que se presentaba, bajando de manera surrealista por las escaleras mecánicas del rascacielos que lleva su nombre en la Quinta Avenida de Nueva York, su candidatura parecía una broma. Nueve meses después, es el aspirante republicano con más votos y la derecha estadounidense está patas arriba.


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Michael Moore propone “invadir” Europa y conquistar su modelo social

Si Michael Moore no existiera, habría que inventarlo. El orondo cineasta, oriundo de Flint (Michigan), se desenvuelve como nadie en el papel de sarcástico ‘follonero’ de la izquierda estadounidense y voz impertinente de la conciencia crítica del país. La película que le valió un Oscar y le lanzó a la fama mundial, Bowling for Columbine (2002), en la que fustigaba la cultura de las armas en Estados Unidos, marcó un estilo audiovisual y un tono mordaz en los que ha incidido en su filmografía posterior. En 2004 ganó la Palma de Oro en Cannes con Fahrenheit 9/11 (2004), el documental más taquillero de la historia. Sin embargo, esta crítica descarnada de George W. Bush y su “guerra contra el terror” fracasó en su declarado objetivo de que Bush perdiera las elecciones ese año.

En este 2016, también electoral, Moore llega a los cines con Where to Invade Next, preguntándose qué parte del mundo debería EE. UU. invadir, a lo que responde: “Invadamos” Europa para quedarnos con su modelo social. El autor quiere hacer ver que el Estado del bienestar europeo mejora la vida de los ciudadanos y es perfectamente exportable al otro lado del Atlántico. Un mensaje especialmente relevante en plena temporada de primarias, en la que el modelo socioeconómico estadounidense está siendo sometido a debate, en particular por el candidato demócrata Bernie Sanders. De hecho, Sanders —al que Moore ha apoyado públicamente— propone que EE. UU. adopte políticas clásicas del Estado del bienestar, como la educación y sanidad públicas y universales.


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Hillary en cabeza, Bernie a rueda

El martes fue el día grande de las ‘fiestas’ de las primarias en Estados Unidos: el supermartes. Hasta ahora, sólo habían votado los residentes de cuatro de los cincuenta Estados de la unión: Iowa, New Hampshire, Nevada y Carolina del Sur. Tras el supermartes, de golpe tenemos resultados en once Estados adicionales. En un sólo día se reparten aproximadamente un cuarto de los delegados que acudirán a las convenciones del próximo julio para elegir candidato (o candidata) oficial de cada partido a la Casa Blanca. Cualquiera que quiera llegar a ser presidente tiene que dar la cara en el supermartes. Y lo cierto es que los líderes de las encuestas en cada uno de los dos partidos (la demócrata Hillary Clinton y, aunque parezca mentira, el republicano Donald Trump) han cumplido: cada uno de los dos ha ganado siete Estados.


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En el primer debate demócrata, una sólida Hillary sale reforzada frente a Bernie

Bernie Sanders y Hillary Clinton durante el debate (Lucy Nicholson/Reuters)

Bernie Sanders y Hillary Clinton durante el debate (Lucy Nicholson/Reuters)

Esta madrugada, hora española, se ha celebrado (¡en un hotel-casino de Las Vegas!) el primer debate televisado entre los cinco principales candidatos del Partido Demócrata a la presidencia de EE. UU. La favorita, la ex primera dama y ex Secretaria de Estado Hillary Clinton, ha compartido estrado con el aspirante, el senador por Vermont Bernie Sanders, y con tres candidatos con muy escasas posibilidades: el impostado ex gobernador de Maryland Martin O’Malley, el excesivamente macho ex senador por Virgina Jim Webb (que presumió en una de sus respuestas de haber matado en combate a un soldado enemigo que le lanzó una granada) y el adorablemente anticuado y torpón ex gobernador de Rhode Island Lincoln Chafee.

El reclamo principal del debate era el duelo entre Hillary —la preferida del establishment demócrata, que encabeza las encuestas a nivel nacional— y Bernie, el rebelde que, mientras el actual vicepresidente Joe Biden deshoja la margarita de su candidatura, se sitúa en segundo lugar. Recientemente, Bernie ha estado atrayendo grandes multitudes a sus mítines y subiendo de manera sostenida en las encuestas: aunque sigue estando casi veinte puntos porcentuales por detrás de Hillary en el conjunto del país, Bernie se sitúa primero en el estado clave de New Hampshire, y su ascenso indica que lo que algunos preveían como un paseo militar de Hillary no será tal. En estas primarias demócratas, habrá partido.

Bernie, con su hirsuto pelo blanco, tiene una imagen pública de señor mayor entre gruñón y entrañable. Políticamente, se caracteriza por ser el único de los cien senadores estadounidenses que se define como socialista. Su palpable ausencia de calculadas dobleces, tan denostadas en tantos políticos, le confiere un aire de autenticidad al estilo del que vendría a ser su equivalente británico, Jeremy Corbyn. Su estrategia para derrotar a Hillary consiste en, como hizo Corbyn, movilizar a la izquierda de su partido. Hillary, por su parte, está afrontando la sublevación tratando de mostrar un perfil más progresista —adaptándose a la etapa de primarias actual, en la que hay que convencer a las bases del Partido Demócrata— pero sin perder de vista lo que en España se ha dado en llamar la “centralidad del tablero”, clave en las elecciones presidenciales del año que viene en las que el electorado es todo el país.

Esta tensión en la campaña de Hillary le ha valido acusaciones de chaquetera que se vieron reflejadas en la primera pregunta del debate. El moderador —que estuvo hábil e incisivo en su labor periodística durante todo el evento— le preguntó si era “progresista”, el término que habitualmente utiliza la izquierda del Partido Demócrata para definirse. Hillary contestó que sí, pero que ella es una “progresista que consigue cosas”, sugiriendo que para ello es capaz de buscar el consenso y matizar su ideología.

A continuación, le tocó el turno de las etiquetas a Bernie, que alabó el sistema socioeconómico de países como Dinamarca y explicó que para él creer en el “socialismo democrático” significa entender que los niveles desmesurados de desigualdad económica que sufre EE. UU. son “injustos”. Tras preguntarle el moderador si se reafirmaba en unas declaraciones del pasado en las que decía no ser capitalista, Bernie respondió que, desde luego, él no era un “capitalista de casino”, como los financieros que causaron la Gran Recesión con sus apuestas imprudentes.

En este punto se produjo uno de los momentos claves del debate, pues define bien el contraste ideológico entre los dos principales candidatos. Hillary tomó la palabra con decisión para rebatir las declaraciones de Bernie y afirmar que para ella el capitalismo representa el emprendimiento de las pequeñas y medianas empresas, que EE. UU. —el país más poderosos del mundo— no es Dinamarca, ni falta que le hace, y que ella cree en la necesidad de “salvar al capitalismo de sí mismo”.

Poco después, una Hillary sorprendentemente agresiva (tratándose de la candidata favorita) volvió a atacar a Bernie, esta vez por sus votos en el pasado poco proclives a la regulación de las armas. Un Bernie a la defensiva trató de explicar que es importante buscar un consenso entre la perspectiva de las zonas urbanas del país y la de las rurales como su estado, Vermont, donde las armas son parte de la cultura de mucha gente. Este fue el momento más flojo de Bernie, que se alargó en el siguiente segmento sobre política exterior, en el que Hillary se mostró más convincente.

Bernie recuperó el pulso con el momento probablemente más aplaudido del debate. Tras ser Hillary preguntada por el recurrente caso de sus emails como Secretaria de Estado, Bernie intervino para señalar que, aunque seguramente defender a Hillary no era políticamente lo más astuto, ya estaba bien de hablar de los “malditos emails”. Los estadounidenses están hartos de este tema y en su lugar quieren que se hable de sus problemas, dijo. El auditorio ovacionó a Bernie, con mucha gente en pie, y Hillary, con una gran sonrisa, le dio las gracias y un sentido apretón de manos.

Quizá animado por esta inspirada intervención, a continuación Bernie defendió con determinación y convicción el movimiento Black Lives Matter (criticando el “racismo institucional” en EE. UU.) y las medidas de su programa económico contra la desigualdad, que incluyen subir los impuestos a los bancos y a los ricos, aumentar a más del doble el salario mínimo actual o convertir en gratuitas las universidades públicas, hoy a menudo prohibitivas. Hasta dijo que estaría a favor de legalizar la marihuana. Sobre Wall Street, Bernie dijo que había que acabar con el “fraude como un modelo de negocio” y trocear los grandes bancos. Sobre la influencia del dinero en un sistema político que calificó de “corrupto”, afirmó: “el Congreso no regula a Wall Street, es Wall Street la que regula al Congreso”.

Hillary se mostró particularmente convincente en su defensa de la igualdad de salarios entre hombres y mujeres, de los permisos de maternidad pagados (EE. UU. y Papúa Nueva Guinea son los únicos países del mundo donde esto no es la regla) o del acceso a medidas de planificación familiar. En un par de ocasiones, Hillary hizo referencia al hecho de que elegir a la primera mujer presidenta de EE. UU. sería un punto de inflexión histórico. En hábil respuesta a un reproche del moderador acerca de su condición de insider de la política (en un momento en el que los outsiders están de moda), Hillary replicó que no habría nada más outsider que una mujer presidenta.

En definitiva, ¿cómo salen de este primer debate los dos principales aspirantes a la candidatura demócrata a la presidencia? Hillary, reforzada. Se mostró cómoda y segura de sí misma en todo momento, dominando la mayoría de los temas y de los intercambios de pareceres con sus contrincantes y dando una imagen de control y liderazgo. Por su parte, Bernie logró transmitir su genuina y apasionada preocupación por la justicia social y su sentida irritación por los problemas de EE. UU. Sin embargo, hoy —queda mucho partido por delante— no consiguió meterle ningún gol a Hillary que permita alterar significativamente el ecosistema electoral demócrata. Y, sobre todo, a Bernie le faltó trasladar a los espectadores del debate el entusiasmo que su campaña está generando entre tanta gente, particularmente jóvenes. Él siempre dice que su candidatura no trata sobre su persona, sino sobre involucrar a los estadounidenses —sobre todo a los que no suelen participar en la vida pública— en una “revolución política”. Quizás para ello hace falta añadir a la justificada indignación un registro más poético, una narrativa más inspiradora y estimulante.