Michael Moore llama a la resistencia contra Trump

Michael Moore ha vuelto. Esta vez ataca desde un escenario de Broadway, con su primera obra de teatro. Se titula Las condiciones de mi rendición, pero no hay de qué preocuparse: el agitador de la gorra perenne no tiene ninguna intención de rendirse, sino todo lo contrario. Todos tenemos que poner nuestro granito de arena contra el trumpismo, le dice Moore a su audiencia. Y para espolearla, utiliza con destreza un riquísimo anecdotario personal y su poderosa sátira política marca de la casa. Tras haber reído y llorado durante el espectáculo, el que firma estas líneas se levantó de su butaca con más ímpetu que nunca de colaborar en “la Resistencia”.

Al abrirse el telón, aparece Michael Moore imitando la salida a escena de Donald Trump en la Convención Republicana. Moore ridiculiza al sin duda ridículo presidente (por ahora) de Estados Unidos y denuncia lo tóxico que este es para el país y para el resto del mundo. Pero reconoce una cosa fundamental: que, durante la campaña, Trump fue extremadamente hábil a la hora de decirles a muchos votantes lo que querían oír. Tergiversando y mintiendo todo lo que quiso, por supuesto, pero al fin y al cabo eso es lo de menos: suficientes personas le creyeron y cayeron en el timo. Que no se nos olvide, advierte Moore sus espectadores; y les hace repetir varias veces, casi a modo de catarsis: “Donald Trump fue más listo que todos nosotros”.

¿Qué hacer para que lo que ocurrió en las elecciones presidenciales de noviembre de 2016 no se vuelva a repetir? Resistir; y asediar a Trump desde todos los frentes, sin descanso, como un ejército de abejas, dice Moore. Quizá hagan falta algo más que abejas (¿leones, los dragones de Juego de Tronos?), pero lo cierto es que los que se oponen al presidente superan claramente en número a sus seguidores. Hillary Clinton obtuvo casi tres millones de votos más que Trump y, a día de hoy, aproximadamente un 55% de encuestados desaprueban su trabajo como presidente, frente a un 39% que lo aprueba.

Por tanto, incita Michael Moore a la gente de Estados Unidos, tenemos que protestar, levantar la voz en nuestro día a día, manifestarnos en las calles, plantear exigencias ante nuestros representantes electos, aspirar a cargos públicos nosotros mismos… y no abandonar la lucha hasta conseguir tener un presidente (o, mejor todavía, una presidenta) en la Casa Blanca del que no nos avergoncemos. Moore está dispuesto a rendirse (de ahí el título de la obra) única y exclusivamente si se cumplen las siguientes condiciones: primero, que se vaya el presidente Trump; segundo, que se vaya el vicepresidente Pence; y tercero, que se elimine el dudosamente democrático Colegio Electoral que elige al presidente y al vicepresidente, de modo que estos sean elegidos directamente por los votantes.

Mientras no se den estas tres improbables circunstancias, no queda otra que luchar, pacíficamente pero sin tregua, contra el trumpismo, en todas sus horribles facetas, y a favor de una alternativa progresista. ¿Y saben qué? —dice Moore— sí se puede. A modo de ejemplo a seguir, con su sentido del humor y habilidad narrativa habituales, presenta algunos episodios de su trayectoria personal.

A los 17 años, Michael Moore participó en un concurso cívico para estudiantes organizado por un club que discriminaba por razón de raza contra la población afroamericana. Resulta que Moore fue elegido para dar un discurso ante un gran grupo de miembros del club. ¿Qué hizo con su discurso? Pues qué va a hacer, poner a parir al club por su racismo, lo cual, tras saltar sus palabras a los medios, llevó a un cambio legislativo: ninguna asociación que discriminara podría en el futuro recibir fondos públicos.

A los 18, Moore, harto de los jefes de su instituto, decidió presentarse a la Junta Escolar de su distrito, el órgano que controla todos los colegios públicos de la zona. Frente a varios candidatos que le doblaban o triplicaban la edad, Moore salió elegido, convirtiéndose en ese momento en la persona más joven de todo Estados Unidos en ostentar un cargo público. ¿Cuál fue la primera medida que propuso Moore? Despedir al director de su instituto.

A los 31, Michael Moore estaba viendo la tele con unos amigos. En las noticias estaban explicando que el presidente Ronald Reagan iba a hacer una vista oficial, con homenaje ceremonial incluido, a un cementerio en Alemania donde había tumbas de nazis de las SS. Uno de los amigos de Moore, judío, no se lo podía creer. Moore propuso que viajaran los dos hasta Alemania para decirle a Reagan lo que pensaban de su visita a los miembros de las SS enterrados en aquel lugar. Los dos amigos lograron colarse en el cementerio en el mismo momento en el que llegaba Reagan y desplegar un gran cartel que le espetaba: “Vinimos de Michigan para recordarle que ellos mataron a mi familia”.

Casi 20 años después, habiendo alcanzado fama mundial con su celebrada película Bowling for Columbine, Moore se convirtió en símbolo del (tristemente minoritario) movimiento estadounidense contra la guerra de Irak cuando, en marzo de 2003, al recoger el Óscar al mejor documental, y entre aplausos y abucheos, dijo que George W. Bush había llevado a su país a la guerra por “razones ficticias”, alzando su voz para recriminarle con énfasis al presidente: “¡debería darle vergüenza, Sr. Bush!”

En el clima de entonces de aceptación general de la guerra (la mayoría de los demócratas y de la prensa “liberal” apoyaron a Bush), su valiente intervención bajo el foco mediático global le valió a Moore convertirse en blanco preferido de la derecha patriotera estadounidense: amenazas de muerte, intentos de asesinato (suerte que tenía guardaespaldas) y censura de un libro suyo por parte de una editorial propiedad de Rupert Murdoch incluidos.

El libro se acabó publicando gracias a una pequeña rebelión por parte de un nutrido grupo de bibliotecarias estadounidenses que no pensaban dejar que Rupert Murdoch se saliera con la suya. Moore, aunque pasó unos años difíciles bordeando la depresión, siguió dando guerra con sus documentales y hoy, como demuestra su obra de teatro, está tan despierto y combativo como nunca.

Estados Unidos tiene suerte de tener a Michael Moore. Si todas las personas que nos identificamos con “la Resistencia” anti Trump tomamos ejemplo de Moore y hacemos solo la mitad de la mitad de lo que él ha hecho a lo largo de su vida, los días de Donald el demagogo estarán contados.

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De Nueva Orleans a Baltimore: un viaje por el sur de Estados Unidos

Para L., mi hermano, cantante de rancheras y magnífico compañero de viaje

 

El sur, dicen, es un estado de ánimo, un lugar tan geográfico como sentimental. Para nosotros, los españoles, la idea del sur representa a menudo un ritmo pausado, una actitud despreocupada y proclive a disfrutar de la vida. Por algo dice la cantinela que «para hacer bien el amor hay que venir al sur», ¿no? Diría que a los estadounidenses les ocurre algo parecido, que su sur suele evocar gentes relajadas, amigables y acogedoras. Además, tanto en España como en Estados Unidos, las regiones meridionales presumen de una cultura muy rica y característica: si nuestro sur es la cuna del flamenco, el suyo vio nacer el jazz y el blues; si Andalucía es la tierra de la manzanilla y el pescaíto frito, en el «Deep South» de Estados Unidos reinan el bourbon y la barbacoa. Podría continuar y decir que las cañas previas a la corrida de toros son en Sevilla lo que el tailgating (una especie de botellón en los maleteros de los coches) de antes de los partidos de fútbol americano universitario en Alabama, pero sería mucho tirar de tópicos y ustedes ya captan el símil.

(…)

El sur de Estados Unidos tiene una deleznable historia de esclavitud, violencia y discriminación contra su población negra. Lamentablemente, este legado racista, que también existe en el norte, no ha sido extirpado por completo. Es igualmente innegable que el Deep South, la región económicamente menos desarrollada del país, es especialmente proclive, aunque no en solitario, a una cierta manera de entender el ultraconservadurismo social y político de lo más cerrada e intolerante. No obstante, tras haber recorrido todos los estados de este «sur profundo», en un serpenteante viaje por carretera desde Nueva Orleans hasta Baltimore, puedo dar fe de su atractivo y diversidad, de la simpatía y hospitalidad que abunda entre su gente y de la vitalidad y riqueza de su cultura, de la que están merecidamente orgullosos. Esto es lo que vi, hice y aprendí por el camino:


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Michael Moore propone “invadir” Europa y conquistar su modelo social

Si Michael Moore no existiera, habría que inventarlo. El orondo cineasta, oriundo de Flint (Michigan), se desenvuelve como nadie en el papel de sarcástico ‘follonero’ de la izquierda estadounidense y voz impertinente de la conciencia crítica del país. La película que le valió un Oscar y le lanzó a la fama mundial, Bowling for Columbine (2002), en la que fustigaba la cultura de las armas en Estados Unidos, marcó un estilo audiovisual y un tono mordaz en los que ha incidido en su filmografía posterior. En 2004 ganó la Palma de Oro en Cannes con Fahrenheit 9/11 (2004), el documental más taquillero de la historia. Sin embargo, esta crítica descarnada de George W. Bush y su “guerra contra el terror” fracasó en su declarado objetivo de que Bush perdiera las elecciones ese año.

En este 2016, también electoral, Moore llega a los cines con Where to Invade Next, preguntándose qué parte del mundo debería EE. UU. invadir, a lo que responde: “Invadamos” Europa para quedarnos con su modelo social. El autor quiere hacer ver que el Estado del bienestar europeo mejora la vida de los ciudadanos y es perfectamente exportable al otro lado del Atlántico. Un mensaje especialmente relevante en plena temporada de primarias, en la que el modelo socioeconómico estadounidense está siendo sometido a debate, en particular por el candidato demócrata Bernie Sanders. De hecho, Sanders —al que Moore ha apoyado públicamente— propone que EE. UU. adopte políticas clásicas del Estado del bienestar, como la educación y sanidad públicas y universales.


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Egipto: La plaza y el laberinto

Antonio Tabucchi, autor de la célebre novela Sostiene Pereira y de la menos exitosa pero tan cautivadora La cabeza perdida de Damasceno Monteiro, inició su carrera literaria con un encantador y poco conocido librito, titulado Piazza d’Italia. En él, Tabucchi cuenta, con evidente influencia de Cien años de soledad de García Márquez y varias dosis de su realismo mágico, unos cien años de historia de Italia —desde los camisas rojas de Garibaldi hasta los partisanos de la Segunda Guerra Mundial— a través de las vicisitudes de una libertaria familia de insurrectos.

No pude evitar acordarme de Piazza d’Italia tras ver The Square, largometraje egipcio-estadounidense galardonado en Sundance y que compitió por el premio al mejor documental en los últimos Óscar. Más allá de que la primera es una obra literaria y de ficción y la segunda es cinematográfica y de no ficción, ambas toman como referente una plaza, ámbito de la geografía urbana que sirve de símbolo para contar la historia de todo un país. En el caso de The Square, la plaza es Tahrir y el país es Egipto, en el que no faltan, como en la Italia de Tabucchi, los insurrectos.


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Yoani en Nueva York

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Yoani Sánchez en un debate sobre libertad de expresión en la sede del periódico O Estado de S. Paulo (www.infolatam.com)

Se llama Yoani Sánchez. Tiene aspecto de mujer frágil, delicada, vulnerable, pero no es ninguna de estas cosas. Más bien al contrario, tiene la firmeza serena de aquellos que se han propuesto seriamente una misión y no se separan un milímetro de ella a pesar de las dificultades. Como una corredora de obstáculos a la que empujaran a cada rato, cayéndose en las fosas y contra las vallas, y que se levantara cada vez con la misma fuerza de voluntad y la misma sonrisa en la cara. Su calma y determinación se reflejan en su hablar dulce y su discurso preciso. Sus ojos oscuros brillan con vigor y su pelo negro y ondulado, muy largo, le cae mucho más allá de los hombros. Es probablemente la opositora a la dictadura castrista que, viviendo en Cuba, es más conocida a nivel internacional. Sus fosas y vallas son los “actos de repudio”, acosos, amenazas, detenciones y restricciones de todo tipo que sufre regularmente por parte del régimen cubano.

Yoani Sánchez empezó a escribir su blog, Generación Y, en abril de 2007, como una manera de evadirse de una realidad que le asfixiaba. El blog le sirvió de catarsis frente a la frustración que la falta de libertades y las carencias económicas en Cuba le causaban. Sus descripciones del día a día en la isla empezaron a llamar la atención dentro y fuera del país. Tanto fue así que al año más o menos de su primera entrada, el régimen decidió bloquear el blog para sus ciudadanos (lo desbloqueó en febrero de 2011). Yoani Sánchez tuvo que continuar con la ayuda de amigos del exterior que colgaban los textos que ella les enviaba. Para entonces el blog ya se había convertido en un fenómeno internacional y su autora empezó a recibir invitaciones para recoger premios y participar en eventos en el extranjero. Pero cada vez que lo intentó, el gobierno cubano le impidió salir del país. Tras varios años de negativas, Yoani Sánchez por fin consiguió el permiso en febrero de este año, cuando inició un viaje que está en marcha en estos momentos y le llevará a varios países de Europa y América.

El pasado sábado Yoani Sánchez participó en un coloquio en Nueva York sobre redes sociales y cambio político, organizado por dos universidades de la ciudad. Formó parte de un panel con otros tres expertos, pero todo el acto giró en torno a ella, desde que llegó —en el último momento, por cuestiones de seguridad—, hasta que se fue, también apresuradamente y acompañada para protegerla de posibles incidentes. Su intervención se centró en la llamada “Operación Verdad”, el programa organizado por la dictadura cubana para luchar contra la disidencia en Internet, y se basó en el testimonio de Eliécer Ávila, antiguo responsable del programa ahora convertido en opositor al régimen al que Sánchez ha entrevistado para su blog.

Yoani Sánchez explicó cómo el gobierno cubano cuenta con “soldados cibernéticos” a los que paga por dedicarse a tiempo completo a hackear páginas opositoras, publicar en Internet comentarios denigrantes contra los disidentes y crear blogs falsos. Incluso han llegado a crear un grupo de cuentas de Twitter para contrarrestar la “tuitófera” de poco más de 120 cubanos que tuitean desde la isla: lo que Yoani Sánchez denominó la “contratuitófera”. Para el gobierno de Cuba, afirmó Sánchez, Internet es “un campo de batalla ideológica en el que, como en cualquier batalla, hay que aniquilar al enemigo”. En esta “ciberguerra”, prosiguió, los peones del oficialismo son exhortados a “contestar sin leer” lo que dicen los opositores, y siempre con “insultos, no con argumentos”.

Tras esta intervención se produjo un interesante turno de preguntas (eso sí, por escrito, para evitar tensiones). Se acusó a Yoani Sánchez de recibir dinero del Departamento de Estado de EE. UU. Ella no lo negó, limitándose a señalar que aceptar fondos de un gobierno extranjero no te convierte en su esclavo. Siendo esto cierto, este bloguero humildemente piensa que por cuestiones de imagen sería más inteligente rechazar estos fondos. Sobre todo de cara a su credibilidad dentro de la isla. También se le preguntó a Yoani Sánchez si alguna vez había tenido la oportunidad de mantener un diálogo “medianamente racional” con alguien “cercano al régimen cubano”. Sánchez dijo que nunca —lo que es difícil de creer—, que todo son insultos, y explicó que lo que más parecido que ha tenido fue un intercambio con Mariela Castro, hija del actual presidente Raúl Castro, en el que esta última le faltó al respeto.

En este momento una mujer del público empezó a gritar que esto era mentira, que ella había escuchado el intercambio entre Mariela Castro y Yoani Sánchez y que las cosas no habían sucedido como contaba esta última. A la vez, un chico se levantó de su asiento y, también a voz en grito, empezó a apoyar las protestas de la mujer del público. Inmediatamente después, cinco o seis personas repartidas por diferentes puntos del auditorio se levantaron como resortes para mostrar carteles contra Yoani Sánchez y a favor del régimen cubano, todos iguales, que traían preparados de casa. Se trataba evidentemente de una estrategia coordinada para reventar el acto. Una señora que estaba sentada justo delante de este bloguero —y que por cierto estuvo durante todo el evento grabando metódicamente cada una de las intervenciones de Yoani Sánchez con su teléfono móvil— empezó a corear con el resto de agitadores “¡Viva Cuba revolucionaria!”. Otros contestaron con “¡Yoani, Yoani!”. Con gritos y discusiones pasaron unos cinco minutos.

Cuando por fortuna se pudo retomar el coloquio, la moderadora elogió la paciencia y serenidad de Yoani Sánchez —que pese a todos los ataques había permanecido plácidamente en su sitio con una sonrisa—, a lo que la mayoría del público respondió con un fuerte aplauso. Hubo tiempo para tratar algunos otros temas interesantes. Sánchez afirmó que, pese a que se opone al embargo de EE. UU. contra Cuba (conocido en la isla como el bloqueo), no pensaba reclamar su levantamiento durante su visita al Congreso en Washington. Según dijo, su papel no es reclamar nada, sino contar la realidad de la isla. Pero teniendo en cuenta su rol de activista —que a pesar de sus palabras, lleva inherentemente asociado el concepto de reclamación—, parece claro que para ella hay reclamaciones apropiadas y otras que no lo son, al menos en este momento.

En conexión con lo anterior, al final del coloquio alguien preguntó por qué Yoani Sanchez, como periodista que es —ejerce entre otras cosas de corresponsal de ‘El País’ en La Habana— no es más objetiva en sus textos e intervenciones: por qué se limita a hablar de los problemas de Cuba y no habla de sus logros, como la educación o la sanidad. Sánchez contestó que sentía que era su obligación periodística hablar de asuntos que la prensa oficial lleva décadas silenciando. Es una buena respuesta. No en vano, Yoani Sánchez es muy inteligente, rápida de reflejos y magnífica oradora. Sería extraordinario que fuera además algo más equilibrada o imparcial en sus apreciaciones. Ahora bien, visto un ejemplo de la presión y acoso a la que está sometida incluso en Nueva York —imaginen en Cuba— uno duda mucho que sea justo exigirle la misma ecuanimidad que tan cómodamente pueden ejercer aquellos que disfrutan de libertad de expresión.

La ONU recibe al ciudadano Bardem

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Javier Bardem frente a un retrato de Kofi Annan (Jason Merritt/Getty Images)

Este martes, Javier Bardem acudió —no como representante de ninguna opción política, según dijo, sino como un “ciudadano común que se dedica a hacer cine”— a la sede de la ONU en Nueva York para participar en un coloquio sobre la situación de los derechos humanos en el Sáhara Occidental y presentar el largometraje que ha producido sobre el tema, ‘Hijos de las nubes, la última colonia’, dirigido por Álvaro Longoria y recientemente galardonado con el Goya 2013 al mejor documental.

El evento se celebró en la cámara del Consejo Económico y Social (ECOSOC) de las Naciones Unidas y estuvo patrocinado por las misiones ante la ONU de Angola, Mozambique, Sudáfrica y Zimbabwe —cuatro de los 82 países que han reconocido a la República Árabe Saharaui Democrática como estado soberano— en colaboración con el Centro Robert F. Kennedy para la Justicia y los Derechos Humanos. Además de Bardem, participaron como oradores Kerry Kennedy, hija del fallecido Robert Kennedy y presidenta del Centro que lleva su nombre, y Aminatou Haidar, conocida activista pro saharaui. Los representantes ante la ONU de Marruecos y el Frente Polisario, invitados al evento, declinaron su asistencia.

Tomó la palabra primero en el coloquio Javier Bardem. Explicó su vinculación con el Sáhara Occidental —que comenzó, según explicó, a raíz de sus visitas a Tinduf (Argelia) para el FiSahara, el único festival de cine que se realiza en un campamento de refugiados—, denunció las violaciones de derechos humanos contra el pueblo saharaui y reclamó mayor atención internacional para un conflicto estancado y tantas veces olvidado. A continuación, Kerry Kennedy relató su viaje al Sáhara Occidental en agosto del año pasado al frente de una delegación internacional de derechos humanos, durante el cual su hija de 17 años fue agredida por un policía marroquí por fotografiar cómo otros oficiales marroquíes —entre ellos el vicegobernador del Sáhara Occidental— maltrataban a golpes a una mujer. (Cuando la foto de la víctima con la cara desfigurada salió a la luz, las autoridades marroquíes dijeron que se había tropezado).

Kerry Kennedy también reclamó que la misión de la ONU en el Sáhara Occidental (MINURSO) sea encomendada con un mandato específico en materia de derechos humanos (actualmente es la única fuerza de mantenimiento de la paz de la ONU que no cuenta con dicho mandato) y animó a los asistentes a firmar una petición de Change.org en este sentido. Precisamente en el asunto de la falta de respeto a los derechos humanos en el Sáhara Occidental se centró la intervención más emotiva, la de Aminatou Haidar. La activista saharaui relató cómo, tras ser detenida por las autoridades marroquíes en 1987 por participar en una manifestación pacífica, estuvo cuatro años en paradero desconocido, sometida a torturas, y cómo desde entonces las agresiones por parte de oficiales de Marruecos se han ido repitiendo con regularidad, la última hace sólo unos meses. Su conmovedor testimonio, narrado con iguales dosis de calma y firmeza, mereció el reconocimiento en forma de aplauso del público asistente.

Tras las presentaciones de los invitados llegó el momento de las preguntas. Las cuatro que dio tiempo a formular fueron de ciudadanos marroquíes, algunos de ellos del Sáhara Occidental. Todas cargadas de pasión, defendiendo la postura de Marruecos y reclamando que se escuchara la perspectiva marroquí en el conflicto, lo que da una idea de su complejidad. El moderador del evento recordó que el representante marroquí ante la ONU declinó su asistencia y Javier Bardem subrayó que ningún oficial marroquí quiso participar en la película. En todo caso, las cuatro intervenciones pro marroquíes fueron un necesario recordatorio de la importancia de escuchar a todas las voces si quiere uno acercarse a la verdad de cualquier conflicto.

Y por fin se proyectó la película. Desde un punto de vista político o de contenido, le falta objetividad. Si bien es cierto que ningún representante de Marruecos quiso participar, sí se podría haber buscado un tono general más neutral o un espectro más amplio en las explicaciones de expertos “independientes”. El comienzo de la guerra entre Marruecos y el Frente Polisario no está bien explicado y el papel de Argelia, que es clave en todo el conflicto, tampoco se desarrolla lo suficiente. Las ilustraciones animadas de Aleix Saló —autor de ‘Españistán’— son algo frívolas y maniqueas. Desde un punto de vista cinematográfico o formal, la película no es demasiado destacable. Peca de un excesivo protagonismo de sus productores, no aprovecha a nivel de fotografía los espectaculares paisajes del desierto y carece de un relato unificado que enganche al espectador. Ahora bien, cuenta con interesante material videográfico de época y valiosas entrevistas. Por otra parte, el hecho de que esté rodado en inglés indica claramente el propósito del documental: dar a conocer internacionalmente la historia y presente de un conflicto que, más allá del Sáhara Occidental, España o Marruecos, es generalmente ignorado en el mundo. Si esto logra Javier Bardem con su irregular película, habrá hecho una importante contribución a la causa de los derechos humanos.

‘The Gatekeepers’: El escudo invisible de Israel habla por primera vez

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Avraham Shalom (www.cinespect.com)

Si les digo Dror Moreh, seguramente no les suene a nada. Es probable que Shin Bet tampoco. No se trata de personajes de ‘El Señor de los Anillos’, ni de nuevas técnicas de meditación oriental. El primero es un director de cine israelí que ha dirigido hasta ahora dos documentales. El segundo es el organismo interno de inteligencia de Israel (el más mediático Mossad es la agencia de inteligencia exterior), encargado de garantizar la seguridad del estado frente a ataques terroristas, cuyo lema se podría traducir como “El escudo invisible”. Todos sus miembros son secretos salvo sus directores, que no obstante, nunca habían hablado ante una cámara. Hasta ahora.

Dror Moreh ha reunido a los seis ex directores del Shin Bet que todavía viven, los ha entrevistado, y con sus declaraciones ha montado una magnífica cinta, ‘The Gatekeepers’ (‘Los Guardianes de las Puertas’), que se acaba de estrenar en Estados Unidos tras hacerlo en Israel (no hay planes de estreno en España). En Nueva York, sólo la están pasando en el Lincoln Plaza, un pequeño cine independiente. Sin embargo, ha sido muy bien recibida por la crítica. A. O. Scott, del ‘New York Times’ la ha declarado la mejor película documental de 2012, calificándola de “esencial” y “reveladora para aquéllos que crean que entienden Oriente Medio”. ‘The Gatekeepers’ competirá con otras cuatro candidatas por el Óscar al mejor documental el próximo domingo 24 de febrero.

El hecho de que Moreh haya convencido a estos “cancerberos” para aparecer en una película es ya de por sí asombroso. Sólo imaginen la cantidad de secretos de que serán depositarios estos hombres tras haber dirigido durante las últimas décadas la lucha —no siempre limpia— de Israel contra el terrorismo: no sólo el de origen palestino o islámico, sino tambien el interior, proveniente de la derecha religiosa israelí más fundamentalista. Aunque, como dice uno de los protagonistas en la película, el concepto de “terrorismo” se presta a diferentes interpretaciones: “El que para algunos es un terrorista para otros es un luchador por la libertad.”

Si asombroso es que estos seis espías se hayan prestado a hablar, más asombroso aún es la sinceridad y claridad con las que lo hacen. Especialmente teniendo en cuenta que el documental aborda los episodios más sensibles vividos en el Shin Bet —y en Israel— desde la ocupación de los territorios palestinos que siguió a la Guerra de los Seis Días en 1967: secuestros y ataques suicidas con bombas en autobuses israelíes, ejecuciones selectivas —y no tanto— llevadas a cabo por Israel, las dos Intifadas, el asesinato de Isaac Rabin por un fundamentalista judío de extrema derecha… Todo ello con una gran agilidad narrativa. La cinta, que combina las entrevistas a los seis protagonistas con impactantes recreaciones e imágenes de archivo, sigue un orden cronológico que, sin embargo, se altera armoniosamente en ocasiones para desarrollar algunos temas centrales: la tortura, las ejecuciones selectivas, el papel del gobierno o las expectativas de un proceso de paz.

Quizá el entrevistado más interesante sea Avraham Shalom, el anciano con tirantes aparentemente apacible de la fotografía que encabeza esta entrada. Shalom fue jefe del Shin Bet entre 1981 y 1986, cuando tuvo que dimitir tras ser acusado de ordenar y encubrir la muerte de dos prisioneros palestinos que habían secuestrado un autobús. En la cinta no lo niega, se limita a decir que seguía órdenes “de arriba” e, incluso, con la mayor sangre fría, da detalles de cómo se ordenó que a los prisioneros, heridos, se les destrozara el cráneo con una piedra. Cuando el entrevistador pretende inquirir acerca de la moralidad de tales actos, Shalom ataja el asunto rápidamente para sentenciar que, cuando se trata con terroristas, “no hay moral que valga”. Lo más llamativo es que el mismo Shalom, más tarde en la película, califica de “inmorales” determinados ataques con bombas sobre militantes en Gaza, defiende la importancia del diálogo con los “enemigos de Israel” para alcanzar la paz e insiste en la necesidad insoslayable de hablar “con todos, incluido Hamás, hasta con Ahmadineyad”. “No hay alternativa”, dice.

Ciertamente, en casos tan complejos como el de Israel y Palestina no es fácil encontrar “blancos y negros”, como prueban las contradicciones de Avraham Shalom. Quizá su intervención más sorprendente, sin embargo, es aquélla en la que afirma sin tapujos que Israel se ha convertido en una “fuerza brutal de ocupación, similar a la de los alemanes en la Segunda Guerra Mundial”. Shalom sabe de lo que habla, pues vivió de niño en la Viena de los años 30. Luego aclara que “similar” no significa “idéntica”, y que no se refiere al Holocausto, sino a la ocupación nazi de Holanda, Polonia o República Checa, pero el tabú ya está roto. Y vaya por quién. Otro de los ex jefes del Shin Bet, Carmi Gillon, abundando en la misma idea, afirma: “Estamos haciendo insoportable la vida a millones de personas, prolongando su sufrimiento humano… no puedo con ello”. Volviendo a Shalom: “Nos hemos vuelto… crueles. También con nosotros mismos.”

‘The Gatekeepers’ es un documental apasionante, que invita a la reflexión y a la revisión de ideas preconcebidas. Las declaraciones de los protagonistas son extremadamente valiosas —por quién las pronuncia— y, en su mayoría, cuentan con una incalculable potencia para los que, desde fuera de Israel, quieren (queremos) entender el conflicto y los que, desde dentro, están dispuestos a abrir los ojos. El cuadro que pintan estos testigos excepcionales del pasado y presente de Israel es desolador. Como destacó Mario Vargas Llosa en un reciente artículo, una frase de uno de los entrevistados lo resume bien: “Ganamos todas las batallas, pero perdemos la guerra”. En cuanto al futuro, queda claro, tras escuchar a los seis ex directores del Shin Bet, que ha sido puesto en peligro por los sucesivos gobiernos de Israel al negarse a hacer la paz. Hasta el punto de que, otro de los participantes, al comentar el asesinato de Isaac Rabin —que fue quizá el único dirigente israelí que intentó de verdad la paz con los Acuerdos de Oslo— afirma: “No será el último asesinato político en Israel. Ocurrirá otro cuando tengamos que retirar a los colonos de Cisjordania”. ¿Habrá alguien capaz de evitar que la historia se repita?